Esos comics de Hellboy, una rotondilla aproximada.

Hablábamos en el texto en el cual me metía con El Señor de los Anillos (si, lo hice) de como Robert E. Howard supo crear en sus narraciones pulp aparentemente sencillas, una gran sensación de aventura despreocupada con cierto nihilismo y sense of wonder. Además, supo hacerlo con una pluma más que competente, con solvencia y bastante encanto. Esto es, supo crear maravillas y que pareciesen sencillas. Problema tremendo para el paso del tiempo y para el público liviano, al que solo se marca con fuegos de artificio y barroco progresivo. Así, Howard quedó relegado al: “Las historias de Conan son todas iguales”.

Similitudes amplias con Mike Mignola y su Hellboy. No solo por la capacidad de ambos autores de crear un mundo absolutamente evocador y sorprendente y mostrarlo en pequeños retazos, con los detalles justos para que nos fascine. No solo porque las historias de ambos héroes (Hellboy y Conan) sean contadas a saltos en el tiempo, lo que aumenta la mitificación del personaje y el entorno. Ni siquiera por la capacidad de ambos autores de fagocitar todo tipo de influencia y atmósfera de sus respectivas épocas, desde la mas banal a la mas culta, y conseguir incluirla en su historia sin entorpecer el ritmo de ésta, sin que en ningún momento la obra se mueva a trompicones o simplemente parezca un pastiche. NO. La similitud es la conclusión que también se oye del Hellboy de Mignola: “El dibujo mola pero las historias son una caca

Esto, aun es más preocupante cuando encima se añade eso de: “Los primeros números dialogados por Byrne si que estaban bien”. Byrne en las primeras historias de Hellboy solo supo añadir pesados y farragosos cuadros de texto que eran reiterativos y entorpecían la narración casi como en una pagina de Bendis cuando éste pone a hablar a un científico. Aquí parece que subyace una de las derivaciones mas malsana del lector de tebeos, ese complejo de inferioridad que le obliga a decir novelas gráficas, y es que: “Cuanto mas texto explicito sobre pensamiento interno y/o reflexiones profundas tenga un tebeo. Mejor es.”

Hellboy queda así relegado a no ser una obra de autentica calidad porque sus múltiples virtudes no aparecen de manera explicita y afectando a toda la obra. Porque no le grita al lector lo bueno que es, hablándole de VALORES en cada página. Porque no le guiña el ojo y le dice al lector lo inteligente que es cuando éste se fija y asume esa calidad. Desgraciadamente, lo que llamaríamos: evidentemente trágico aun parece que mantiene cierta enjundia por encima de lo banalmente cómico y, por mucho que nos esforcemos, no comprendemos que los valores mas básicos del alma humana también están en el chiste de Mistetas.

Si esta gente que prejuzga un libro de Tolkien por encima de uno de Howard, un tebeo de Persépolis por encima de uno de Hellboy o una Ágora por encima de un Gamer hubiese existido en otras épocas, La Odisea se huviese ido a tomar por el culo y todo el mundo hispano  estaría leyendo todavía La vida es sueño una y otra vez mientras come castañas.

 

No  me quiero despedir sin reincidir: ¡Dejense de hostias y gozen con los tebeos de Hellboy! Con esa acumulación de influencias y de atmósferas, realizado como si fuese tan fácil de mezclar. Nazis, Baba Yaga y Baudelaire, todo encaja con un tempo narrativo acojonante. Con ese humor y ese misterio. Con esa planificación narrativa viñeta a viñeta que es tan sumamente simple, que no parece que se este creando un universo página a página.

Y todo esto sin mentar ni AIDP ni el dibujo ni las tintas de Mignola.

Extracto del texto publicado en galletas.blogia.com el 25/10/2009

«Oh no! Not another fucking elf!»: Sobre Tolkien, El Señor de los anillos y lo que le hicieron a la, hasta entonces, floreciente fantasía heroica.

Sinceramente, no concibo a ningún lector de bien al que una vez pasada la veintena no le de pereza el género actual de fantasía heroica. No digo que lo deteste, ni que lo niegue tres veces tras haberlo acogido en su juventud (probablemente al preguntarle por alguna obra trascendental en su madurar la recuerde con sonrisa y la idealice sin freno), no, simplemente digo que da pereza. Una vez leídas unas cuantas obras de todo el abanico genérico y autoral que oscilen, mejor o peor, entre la connotación, lo formal, la mala baba y la reinvención; da pereza volver a imaginar todos esos rimbombantes elfos y enanos cascarrabias siendo solamente mas elfos rimbombantes y cascarrabias enanos.

El género de fantasía heroica es un ejemplo curioso. No es solo que sea monotema o monocromo, no es solo que este absolutamente encerrado en estereotipos, ambientes y estructuras narrativas tan básicas como el mecanismo de un chupete, o que no haya sabido mezclar ninguno de sus elementos con cualquier otro género o influencia, ni siquiera es su insoportable pretensión tan épica como cansina o su ausencia de verdadero cachondeo (una o dos excepciones aparte); es que encima así es como debe ser. ¡Hablamos de un género que tiene una normativa de reglas autoimpuestas para producir sense of wonder! Imaginen que panorama… prácticamente un panorama endogámico. Y déjenme decirles, que toda la culpa de esto la tiene una sola obra (que son tres, para el que quiera pillar la magnitud) aunque ella misma no lo sepa: El señor de los anillos.

Las opus magnas de cada género tienden a definir el mismo, tienden a ser conscientes de su propia importancia,  se inclinan, en bastantes ocasiones, a ser incluso metalingüisticas con el propio medio, y a todo es

to llegan porque se han producido por el camino natural, sumatorio de creación, maduración, tópico y parodia del género por un lado y de mentalidad del artista contemporáneo por el otro. Pienso ahora en el Watchmen, pienso en 1280 almas, pienso en Altazor, en La familia de Pascual Duarte, en La subasta del lote 49, La Carretera, El hombre en el Castillo o en Pedro Páramo. Todas son ficciones perfectamente orquestadas, mas o menos sutiles, eso no lo olviden. Todas se han construido a partir de algo, de unos antecedentes de su medio, de su género. Pero en todas hay una mirada hacia delante, ya sea en la forma, en el fondo, en el texto o en el subtexto hay una propuesta de cambio, de ser un escalón que suba un poco mas que los anteriores y que invite a los sucesivos escalones a seguir llegando un poco mas lejos.

Sin embargo, ¿qué hay en el Señor de los anillos que la caracterice como lo mejor de su género? Que es muy extensa y aun así (precisamente por llevar ese malabarismo tan lejos) es taaaaan creíble Resulta una fantasía creíble, repitamos, fantasía/creíble ¿Creíble como sinónimo de cerrado? Precisamente del tipo tan cerrado que asfixió el género nada mas encumbrarlo.

A partir de aquí, manifestaré que considero El señor de los Anillos un quiero-y-no-puedo absolutamente vacuo. Toquen una bocina.

Al menos, en el mas cercano antecesor de Tolkien: Robert E. Howard (cualquiera lo diría), existía no solo una gran sensación de aventura despreocupada, así como cierto nihilismo, ansia de descubrimiento, fantasía adolescente y maravilla; si no que uno de sus principales temas era la dicotomía civilización/barbarie (la urbe y el campo habían sido tema candente en toda la literatura de las naciones mas jóvenes durante finales del XIX y principios del XX) La fantasía de Howard, con una narración de calidad y concisa, exploraba temas que estaban ahí (desde esa nombrada dicotomia, hasta la fantasía de matar a hachazos a 30 enemigos, yo no he jerarquizado nada, solo he reseñado que abarca un amplio espectro de estímulos), en la mente del ciudadano de a pie. No por ello sin dejar de crear un universo propio de gran magnitud y validez.

Esto último es lo que le pasa a El Hobbit. Yo no soy ningún detractor de Tolkien porque de pequeño alguien me pegara con el Silmarillion en la cabeza (Ahora que digo Silmarillion ¿Qué no se esta quedando a gusto el hijo de Tolkien editando hasta la lista de la compra del padre? ¿eh?). No se confundan, también se defender lo que lo merece. El hobbit funciona a la perfección porque es un libro honesto y ameno que nos quiere hablar de valores tradicionales y de aventuras sin pretensión, y lo consigue. Es un cuento, y se sabe como tal. Puedes conocer todo el contexto que rodea al Hobbit sobre La Tierra Media y demás, pero tambien te la puede sudar y lo vas a gozar igual. Las pruebas, la astucia, las virtudes del anti-héroe que le llevan a triunfar donde otro tipo de héroe no lo hubiese hecho, confiriendo de paso a la obra un gran sentido del humor e incluso actualizando el modelo del ser insignificante que realiza proezas. Sus lecturas son universales, sorprende y en este caso Tolkien conoce sus limitaciones y las evita. El hobbit, es sutil, es vitalista y es una gran historia de aventuras, que evoca mejor el universo propio a su alrededor que lo que lo intentará evocar el afectado plomazo de los anillos.

No se trata de derribar el mérito que tiene la obra, creando un ambiente ficticio tan cohesionado alrededor suyo: historia, lenguaje, geografía, sociedades, cultura… eso esta ahí, y se valora y se disfruta  y se recuerda con cariño. Solo por esto merece la pena ser leído alguna vez en la vida. Pero encumbrar a lo mas alto del siglo una obra solo por esta cualidad… comprenderán que resulta excesivo, mas teniendo en cuenta que se puede pecar por exceso, igual que por defecto. Decía Vargas Llosa algo así como que la habilidad del escritor era crear la quimera de que en un puñado de paginas se encerraba una realidad. Tolkien parece empeñarse tanto en que hasta el último rincón del puto árbol del bosquecillo al oeste de La Comarca sea una realidad tan creíble, que se pierde en farragosas descripciones absolutamente desangeladas indignas incluso de un decimonónico desentrenado que destruyen cualquier parrafo de calidad a su alrededor, y que aburren a un muerto… y es que… señores, admitamoslo ya, ¡EL SEÑOR DE LOS ANILLOS ESTA MUY MAL ESCRITO! Esta mal narrado y mal estructurado, posee una falta de armonía absoluta y denota finalmente, en el aspecto formal y extensión del mismo, una impotencia técnica increíble por parte de un Tolkien que se ha metido en camisas de once varas.

Le acompaña a esta base el concepto de épica trascendente y Wagneriana (crepuscular, para mas INRI), todo el sentido del humor que hacía avanzar al hobbit se pierde en autoimpuestas profundidades, todo se empieza a tomar demasiado en serio a si mismo y deja de funcionar como la obra de evasión que se supone que es (recuerden, evasión no es un termino despectivo), es tan seria que casi es una evasión patológica. Todo el mundo esta triste como emos sin dinero para maquillaje ni mochila de Jack Skeleton, todo para que la narración tenga una afectada sensación de madurez.

Y aquí llegamos a otra de las piedras angulares del tema: Tolkien, un enamorado de las lenguas muertas, un obsesionado de todo lo vetusto, un luchador contra la realidad en definitiva, trataba de crear una mitología propia. No tenía la suficiente fuerza narrativa para hacerlo a base de pluma, así que se apoya en el detalle, en el hiperrealismo, en lo crepuscular, en la fagocitación y reinvención/collage de mitos e historia clásica normanda, celta, etc… pero todo esto sin la suficiente autoconsciencia como para marcar una distancia con su material de origen, como para que se cree algo nuevo en la suma de sus partes. De tal modo que el universo que crea Tolkien en El señor de los anillos no es, ni mas ni menos, que una mitología mas, una hecha de retazos. Que, falto en pretensiones de renovación, se queda en una simulación a escala real, en una acumulación de datos, y no nos dice ni mas ni menos que lo que nos dicen las verdaderas.

Fíjense que todas las razas del señor de los anillos se mantienen puras, las ciudades solo albergan mayoritariamente un tipo de pueblo, todo es tan absolutamente maniqueo como podría serlo de tratarse de autentica mitología, nada puede evolucionar en la Tierra Media, porque su concepción es simbolista, salvo, que como amante de lo superficial (la lengua, la geografía y todo lo demás) todo en la Tierra Media es simbolismo de nada (lógico que el fan común opte por el disfraz).

No ha faltado quien ha encontrado en El señor de los anillos relación con la segunda guerra mundial, con el cristianismo, con el racismo… con múltiples causas (la mayoría por razones que mas tienen que ver con las circunstancias de vida del autor que con la obra en si misma, gran error) basadas en la premisa de: si es una obra tan buena, algo querrá decir. Bien es cierto que todo lo que se ha dicho que subyace está ahí, pero no está por las razones que creen. Es una obra que se referencia en una construcción mitológica tan sumamente simple (Los buenos altivos, los buenos insignificantes, los buenos cascarrabias, los buenos que dan discursos, la naturaleza, el poder, los malos que pegan, los malos que dan discursos) tan falta de riqueza, de ambigüedad, por debajo de la vorágine de detalles específicos, que aunque lo probable es que simplemente sea una alargada parábola reiterativa sobre el poder. Podría ser todo lo que cualquier teoría maniquea quiera que sea.

Quizá esa singularidad como obra del siglo XX la hace aun mas interesante para el lector consciente de estos elementos. Quiza sea la primera obra post-post-post-moderna (Lo que es seguro es que tiene paginas aburridas) .Aparte de concebir la pregunta: ¿Como es de importante en la literatura la acumulación de datos bien ordenados? Y aqui ya entramos en terrenos, creo, que dependen de la voluntad y de la ilusión de cada lector. Lo que es cierto es que, probablemente sea una obra única y con la perspectiva adecuada se descubran unos valores en ella que ahora el fan medio prefiere obviar.

¿Como podía el género sobrevivir a esas infulas de maduración que escondían algo tan solitario en su fondo? Por cientos de loables detalles enciclopedistas que tuviese (como que tal conjunción de letras en el quenya sindarin lleva diéresis cuando la segunda sílaba es la oe) se acababa de elevar a mito (nunca mejor dicho), un marco muy bonito y con cientos de grabados, para entretenerse mirándolos un montón de rato. Que fuese la opción mas consecuente para la eclosión de los benditos juegos de rol repletos de tablas de datos, ilustraciones preciosistas sin necesidad de prosa, merchandising, figuritas y mapas… era lógico, tenían una mitología apátrida y desarraigada, pero globalizada, para moldear.

Publicado originalmente en galletas.blogia.com el 27/07/2009