La citita literaria (VII) – Kazuo Koike: Crying Freeman, 1987

“-Éste es el país de Rambo, Freeman. ¿Comprendes? Aquí hay muchísimos Rambos veteranos del Vietnam. Rambos que han regresado de Vietnam y ya no pueden entrar en su país… Digamos que son enfermos que no pueden vivir sin matar. Y no pueden vivir en Nueva York matando a gente. Esto no es una película.

-…

-A todos estos Rambos los he reunido aquí. Aqui si que pueden vivir porque aquí hay un Vietnam. Tengo unos dos batallones. De auténticos boinas verdes solo hay un puñado, pero a todos ellos les permito llevar boina verde. ¿Sabes por qué, Freeman?

-Porque así se sienten orgullosos.

-¡¡No!! Porque así les hago soñar. Les hago soñar con que son la élite que no lograron ser en el campo de batalla. Por eso me son tan leales, ya no podrían vivir en ningún otro lugar. Son enfermos que no pueden vivir en un sitio normal.

-…

-Esto es un hospital donde curamos a estos enfermos. Es como una sala de cuidados intensivos.”

Crying Freeman

A mitad de los 80, el manga estaba en uno de sus mejores momentos, lejos del encasillamiento repleto de clichés actual y en pleno proceso de maduración narrativa. Como en cualquier época dorada, no resulta raro que puros exploits -en este caso de yakuzas con toque Bond y artes marciales- acabaran siendo obras de referencia. Dibujada con mimo e hiperrealismo por Ikegami, Crying Freeman es, como todas las historias de Koike, una obra de personajes complejos. Hay violencia, sexo y desnudos en exceso, así como hipnosis y tatuajes. Y como rige la tradición clásica, todo es simbólico. Todo reafirma diferentes perspectivas y niveles del poder, ya sea sobre otros o sobre uno mismo, ya sea destructor o purificador. Destino y honor crean presas atrapadas en una red de dependencia, manipulación y muerte infranqueable. Por extensión, es también una obra sobre individuos que se definen por sus acciones y nombres dentro de unos colectivos, férreos y despiadados, enfrentados pero indistinguibles entre ellos. Y entre toda esa fatalidad, el amor de una mujer y un hombre corrientes que quedaron atrapados. Un hombre que atraviesa a fuerza de voluntad la senda del asesino, mientras llora, porque nunca será libre.

Publicado originalmente en microcritic.wordpress.com el 19/11/2009