La citita literaria (VIII) – Daniel Defoe: Robinson Crusoe, 1719

“La primera vez que salí, descubrí que en la isla había cabras, lo que me produjo una gran satisfacción, a la que siguió un disgusto, pues eran tan temerosas, sensibles y veloces, que acercarse a ellas era lo más difícil del mundo. Sin embargo, esto no me desanimó, pues sabía que alguna vez lograría matar alguna, lo que ocurrió en poco tiempo, porque, después de aprender un poco sobre sus hábitos, las abordé de la siguiente manera. Había observado que si me veían en los valles, huían despavoridas, aun cuando estuvieran comiendo en las rocas. Mas, si se encontraban pastando en el valle y yo me hallaba en las rocas no advertían mi presencia, por lo que llegué a la conclusión de que, por la posición de sus ojos, miraban hacia abajo y, por lo tanto, no podían ver los objetos que se hallaban por encima de ellas. Así, pues, por consiguiente, utilicé el siguiente método: subía a las rocas para situarme encima de ellas y, desde allí, les disparaba, a menudo, con buena puntería. La primera vez que les disparé a estas criaturas, maté a una hembra que tenía un cabritillo, al que daba de mamar, lo cual me causó mucha pena. Cuando cayó la madre, el pequeño se quedó quieto a su lado hasta que llegué y la levanté, y mientras la llevaba cargada sobre los hombros, me siguió muy de cerca hasta mi aposento. Entonces, puse la presa en el suelo y cogí al pequeño en brazos y lo llevé hasta mi empalizada con la esperanza de criarlo y domesticarlo. Mas, como no quería comer, me vi forzado a matarlo y comérmelo.”

Los Botes del “Glen Carrig”

William Hope Hodgson es uno de esos escritores que tiene todas las papeletas para ser relegado al ostracismo. Con suerte, se le puede oír enumerado como antecesor e influencia de Lovecraft, aun siendo el irlandés mucho mas fluido y fundacional que el loco de Providence, al poseer esa agilidad narrativa que confiere la vida azarosa y marinera frente al acartonamiento academicista del que no sale de Nueva Inglaterra. Los Botes del “Glen Carrig” resulta un buen ejemplo de todos los elementos afines a la obra de Hodgson: las aventuras marinas; los pecios solitarios; el ambiente onírico de unas tierras, criaturas y comportamientos tan ajenos -con esos protagonistas sin pasado, irracionalmente obligados a sobrevivir-, tan estilizado que podría pertenecer al ámbito de la ciencia ficción si se cambiase ese mar desconocido, interior, por el espacio insondable; así como la fisicidad de las amenazas que forman parte de una naturaleza corrupta y repugnante -y que le postulan como una de las primeras influencias de “la nueva carne”-. Aún renqueando en su tramo final, inevitable, dado el agobiante arranque de que hace gala la obra, resulta imprescindible para comprender de donde salen muchos de los elementos del terror del siglo XX.

Publicado originalmente en microcritic.wordpress.com el 16/10/2009