Que se mueran los feos

No queda claro si Boris Vian, que publicó varias novelas haciéndose pasar por traductor de un alter ego afroamericano llamado Vernon Sullivan, -al que incluso llego a entrevistar, mostrando lo que luego sería llamado posmodernidad- era un genio entregado a las artes y vanguardias o un tocapelotas hacia todo lo decoroso del París de la posguerra. Quizá ambas. Dentro de ese ciclo Sullivan, esta novela, parodia erótica de la serie negra en particular y pastiche de todos los temas del por aquel entonces ya renqueante pulp americano en general, es un desfase del copón. Escrita de una manera conscientemente simplista, todo rezuma papel barato y risotadas de fondo. Un éxtasis continuo de aventuras, y hasta saltos en paracaídas, donde el apolíneo protagonista aparta hembras desnudas a pares para mantener una autoimpuesta castidad mientras descubre el plan maligno de un mad doctor del montón, hasta revelar al lector una gran verdad: si no existiesen los hombres feos, los guapos no lo serían. O cómo Vian dejó claro en otra de sus obras: Con las mujeres no hay manera.

Publicado originalmente en microcritic.wordpress.com el 08/10/2009