Apatrullando la ciudad del modernismo español: La Busca y La mala vida en Madrid.

1- LA MALA VIDA EN MADRID, TRATADO DE ANTROPOLOGÍA MÉDICA Y FORENSE.

Publicado en 1901, el estudio sociológico de Constancio Bernardo de Quirós (1873-1959) y José Mª Llanas de Aguilaniedo (1875-1921), consecuencia de la asistencia de ambos autores modernistas al Laboratorio de Criminología del médico y criminólogo Rafael Salillas -a quién va dedicado el libro-, formaba parte de una serie de estudios sobre el mismo tema que se prodigaba ampliamente por todo Europa. Y es que los aspectos penales y criminológicos eran, por aquel entonces, de rabiosa actualidad a causa del revuelo suscitado por el positivismo criminológico de Cesare Lombroso, que inauguraba, allá por 1876, la teoria de la concepción del delito como resultado de tendencias innatas, de orden genético, observables en ciertos rasgos físicos o fisonómicos de los delincuentes habituales (asimetrías craneales, determinadas formas de mandíbula, orejas, arcos superciliares, etc.). Evidentemente, como en todo tiento científico, una serie de causas sociales y/o naturales habían confluido para subir a la superficie lo que el investigador encuentra en su probeta, asi, la consolidación final de la “gran ciudad” en la europa del XIX había creado una nueva estratificación, organización y tipo de delincuencia, o apropiandonos de, las muy en boga en la época, teorias darwinistas: los menos agraciados en el reparto cosmopolita se habían adaptado perfectamente al medio.

Pero no unicamente en el ámbito cientifico había proliferado esta fascinación por lo criminal, filósofos como Nietzsche descubrían en el criminal a un superhombre desplazado, artistas adinerados se sentían atraidos a pasearse por los barrios bajos y el público urbanita demandaba sordidez en su prensa y en su ficción; asi, los periodicos hacían eco de horrendos crimenes individuales que incluso desplazaban las noticias políticas a las páginas centrales y los folletines sordidos eran leidos por todos los estratos de la sociedad en busca de ese prototipo criminal, ese autentico salvaje reencarnado dentro de una sociedad civilizada.

Pero volviendo al ámbito científico y al estudio a tratar, no nos llevemos a engaño, las ideas radicales que Lombroso había sembrado veinte años atrás de la publicación de este estudio, se encontraban ya en entredicho por mucho que este reeditara y modificara L’uomo delinquente una y otra vez. Su teoria, pese a servir de base para todos los estudios posteriores aislaba al criminal de su entorno concreto y de sus circunstancias, resultaba una idea absurda. La última década del siglo XIX supuso una época de reestructuración y renovación de la criminología. Y aquí es donde aparece La Mala Vida en Madrid. Influenciada por Salillas en su estudio histórico El delincuente español. Hampa (1898), donde se postulaba una relación entre la picardía y la vagancia nacional que culminaba con un: “El delincuente caracteriza las tendencias viciosas de la sociedad que lo ha engendrado” y por la aparición en 1899 de La Mala vida en Roma, de Sighele y Niceforo; La Mala vida en Madrid constituye el principal texto de aquella ciencia criminóloga aparecido en España, asi como un reportaje amplio de la baja sociedad madrileña de 1900.

A lo largo de sus cinco capítulos, a saber, una introducción dedicada al golfo como “protoplasma de la mala vida”, tres capítulos a las clases de especialidad en que deriva el golfo (delincuencia, prostitución, mendicidad) y una coda o remate; y con un tono científico que en ocasiones recuerda a un tratado de zoología; encontramos citas y referencias a especialistas en criminología como Gil Maestre, Salillas, Sikorski o Feré junto a literatos como Pío Baroja, Zola, Tolstoi o Pérez Galdós. De estas referencias literarias mientras se mide y pesa físicamente a los personajes de la mala vida que se presenta, describiendo crudamente sus vicios y costumbres, debemos detenernos especialmente en: Patología del golfo, de Baroja, escritor que parecía poseer una mentalidad muy similar a los autores de este texto en materia sociocriminal, puesto que todo lo que Baroja plasma literariamente, Llanas y Quirós lo documentan admirablemente, como veremos.

2 – PATOLOGÍA DEL GOLFO.

Artículo aparecido en la Revista Nueva y recopilado luego en la antología Vidas sombrias (1900) de un primerizo Pío Baroja (1872-1956) que nos servirá de puente en este estudio comparativo entre ciencia y ficción, y que comienza con un muy significativo: “Cuando en un idioma aparece una palabra nueva, es porque en su fondo ha germinado una idea, un producto, un tipo (…)” . Tras esto, Baroja define y reflexiona sobre el termino y la idea del “golfo” con conceptos que serían reproducidos por Quirós y Llanas en la Mala Vida en Madrid por ser, entre otras cosas, los mas certeros:

Esto demuestra que el golfo no es un producto exclusivo de la clase pobre. El golfo no es un mendigo, ni un ratero, ni un desocupado; es una forma que ha nacido de nuestro raquitico medio social, es un tipo separado por una causa cualquiera de su medio ambiente y que reune en si mismo todas las aspiraciones de su clase. (…)

Comprende que el camino llano, en donde la masa de nulidades ahoga a la capacidad, no lleva a ninguna parte, y en seguida busca la senda tortuosa, forja planes astutamente combinados, y , vencido o vencedor, pierde la idea moral de su clase, se hace golfo.

El golfo pobre es completamente inconsciente. Sus culpas son las culpas de la sociedad que le abandona.

Se puede considerar el artículo de Baroja como cimiento de todo el capítulo dedicado al golfo de La mala vida en Madrid, capítulo mas significativo en nuestra comparación. Llanas y Quirós estradifican y analizan al golfo, hablan de su anomia, de su miseria y de su anormalidad social como fundadoras del especimen; de que los hay abandonados, inadaptables y caidos; de su atavismo y su alcoholismo; mencionan el quinto estado, el de los desheredados, el parasitismo social y las opciones de madurez del golfo; mentan a quinquilleros, trajineros, lañadores, recoveros, andarríos, chalanes, santeros, copleros, narradores de milagros, de crímenes estupendos, saludadores, truhaneros andantes, pirómanos, idiotas, imbeciles, sacamantecas, revendedores, matuteros, corredores de alhajas, prestamistas, jefes de claqué, ganchos de garitos, encargados de un coín, de una casa de citas, de los que tienen asuntos pendientes con señores y perdidas, de los que hablan familiarmente con los del gallo, de los carteristas, espadistas, topistas “y todos los que forman la parte inferior del ejercito del hampa, asi como los políticos son la espuma(Salillas. Hampa). Y todos o casi todos apareceran en el lienzo que es La Busca de Baroja.

3 – LA BUSCA. PÍO BAROJA

… aluspiar, estar al file, andar a la busca.” (Patología del golfo)

Publicada en 1904, resulta la primera de las tres novelas que componen la trilogia de La lucha por la vida. El texto destaca por su gran realismo social de los bajos fondos al mismo tiempo que depura un tono narrativo, ironicamente del ámbito, podriamos augurar, de descripción expresionista. La historia relatada carece de unidad de forma, componiendose en diversos relatos y situaciones que pasan alrededor del personaje protagonista, Manuel, un joven que vuelve a Madrid en su adolescencia tras una etapa en un pueblo de Soria. Sí existe unidad en cuanto al estilo y sobre todo en cuanto al ambiente, que es el mismo ambiente de pobreza, miseria y sordidez. Asimismo existe una unidad de ritmo. Un ritmo muy vivo y rápido con base en la falta de conjunciones. El estilo muy sencillo, fluido y preciso. A lo largo de toda la novela refleja con gran fidelidad y exactitud el léxico y la fonología madrileña baia. Comete incorrecciones gramaticales, aparecen falsas concordancias, frases desordenadas y a veces el uso de los tiempos verbales es incorrecto, dando mayor naturalidad a la novela.

Manuel, personaje representativo de la abulia schopenhaueriana, falto de voluntad -pero con cierta base moral que lo llevará a la redención- se deja llevar por el viento, por las gentes de una sociedad en crisis (la España de finales del siglo XIX o principios del XX) de la que nadie sabe muy bien como salir. “Manuel, en suma, no sabe como luchar, pero procura luchar, al fin, dentro de un margen de decencia, sin caer en la insensibilidad o el cinismo” (Julio Caro Baroja, Prólogo a La busca). Del mismo modo, su vagabundeo es la excusa de Baroja para mostrar, aquí y alla, una caterva de personajes de los bajos fondos y los suburbios. Personajes que despuntan como voces brevemente aisladas de grupos informes.

Se ha visto en La Busca cierto parecido con la novela de tipo picaresca. La característica común más evidente es el protagonismo de un chico joven que ha de arreglárselas para poder sobrevivir, aunque La Busca no está relatada en forma autobiográfica. El ambiente que rodea al personaje principal, sin embargo, coincide en los bajos fondos y suburbios de una ciudad, con la consiguiente aparición de numerosos personajes pobres y desechos sociales con los que se encuentra el protagonista.

El Lazarillo de Tormes y Manuel tienen, a causa de esta miseria con la que conviven, una visión desengañada de la vida, un sentido de la realidad muy desarrollado, incluso podría compararse la relación de Manuel con Roberto Hasting, soñador buscafortunas, con la situación vivida por Lázaro al servicio del escudero, que se negaba a aceptar su mísera situación.

No obstante Manuel no usa tretas ni engaños para vivir, ni tampoco aspira a subir en la escala social, su psicología funciona por fantasias idealistas, no posee una identidad definida que le incite a buscar otra, por lo que no puede considerarse un pícaro.

Manuel, que a lo largo de la obra se ha ido hundiendo cada vez más debido a su perdida de contacto con la realidad, a su abulia, despierta por fin en el último capítulo y saca un repentina pero clara conclusión final: él no vagabundeará por las noches. Él será de los trabajadores del día.

Este pensamiento cambia radicalmente su situación inicial, mantenida por inercia, ya que en toda la obra simplemente se deja llevar por las circunstancias. Mas que picaresco, La Busca, como la mayoría de los libros de Baroja, es una muestra del pesimismo existencial y de inadaptación al medio.

Esta separación barojiana entre el Madrid de día y el Madrid nocturno es una de las principales influencias modernistas que el escritor lega a la obra, simbólico esteticismo a la hora de relatar las dos vidas separadas por el tiempo, que no el espacio, moviendose desde el impresionismo luminoso al expresionismo desesperanzado y poblado de grotescas sombras alargadas y sórdidas; en estos parrafos es donde recordamos que la ficción nunca es del todo “realista” -y que por eso asemeja la realidad tan bien- :

Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche con sus tejados (…). Clareaba más el cielo, azuleando poco a poco. Se destacaban ya de un modo preciso las casas nuevas, blancas; las medianerías altas de ladrillo, agujereadas por ventanucos simétricos; los tejados, los esquinazos, las balaustradas, las torres rojas, recién construidas, los ejércitos de chimeneas, todo envuelto en la atmósfera húmeda, fría y triste de la mañana, bajo un cielo bajo de color de cinc.

Fuera del pueblo, a lo lejos, se extendía la llanura madrileña en suaves ondulaciones, por donde nadaban las neblinas del amanecer; serpenteaba el Manzanares, estrecho como un hilo de plata; se acercaba al cerrillo de los ángeles, cruzando campos yermos y barriadas humildes, para curvarse después y perderse en el horizonte gris. Por encima de Madrid, el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas blanqueadas por la nieve.

Danzaban las claridades de las linternas de los serenos en el suelo gris, alumbrado vagamente por el pálido claror del alba, y las siluetas negras de los traperos se detenían en los montones de basura, encorvándose para escarbar en ellos. Todavía algún trasnochador pálido, con el cuello del gabán levantado, se deslizaba siniestro como un búho ante la luz, y mientras tanto comenzaban a pasar obreros…

4 – COMPARATIVA

Entrando de lleno en el enfrentamiento de las dos perspectivas de la realidad -el estudio científico y el modernismo literario-, se observa en un vistazo rapido como ambos textos comparten un mismo espacio y una misma teoria fundamentada, claro está, en la realidad que los rodeaba.

En un Madrid que terminaba en la Glorieta de San Bernardo, Llanas y Quirós sitúan los centros de la prostitución y pobreza en Las injurias, El Portillo de Embajadores, La Guindalera, Vallehermoso, en las cuevas de la Moncloa, El Cerro del Príncipe Pío. Baroja hace este retrato de Madrid:

La Corte es ciudad de contraste presenta luz fuerte a lado de sombra oscura, vida refinada casi europea en el centro, vida africana de aduar en los suburbios.

Mapa de Madrid 1888, con los principales puntos de La Busca.

Ambos coinciden también en que el golfo nace en los suburbios y según asciende en el escalafón se acerca al centro. Baroja describe la diferencia entre el golfo suburbial y el del centro:

Al centro solo llegaban los golfos finos, entre estos comprendía, desde el ministro que encubría las salas de juego y los burdeles, el policía que hacia la vista gorda, los ganchos etc...” y reitera con: “Vivían Vidal y el Bizco de randas, aquí cogiendo una manta de un caballo, allá llevándose las lamparillas eléctricas de una escalera o robando alambres del teléfono, lo que se terciaba. No iban al centro de Madrid porque no se consideraban todavía bastante diestros.

Considerando que Baroja divide la novela en tres partes, se opta aquí por pormenorizar las desventuras de Manuel, asi como el analisis de su entorno y la comparacion con La mala vida de Madrid con la misma estructura.

La primera parte relata principalmente la vida en el centro, en la casa de huespedes de doña Casiana. Comienza con el aviso de llegada de Manuel y termina con su éxodo a los barrios bajos. Aquí ya se hace hincapié en la diferencia día/noche nada más empezar -reflejo especular del final de la novela-, asi como a los componentes de la mala vida: aparece la casa de Mancebía de la Isabelona, frente a la posada de doña Casiana -y se retrata tambien la laxa moral, con la envidía de ésta por tener un local lujoso como aquel, que de dinero-, se describe a los huespedes de la casa de Casiana -v.gr. doña Violante y sus hijas, que van a los Jardines a por pesetas; Irene, que se muestra en el balcón, símbolo sutil de buscona-. La fonda queda como punto de encuentro entre la clase obrera y la mala vida (“¡Buen sitio era aquel para aprender a respetar nada!” dice uno de los personajes que la habitan); el padre de Manuel se muestra como prototipo de obrero alcoholista -Casiana también fabrica su propio alcohol-; se sucede la escena de la visita al abortista; y aparece sobretodo la figura que Quirós y Llanas definen como el golfo “caido”, personaje que durante un tiempo ocupó un puesto en la sociedad.

Mención especial merece en esta parte la primera mención al alcoholismo, que se repetirá a lo largo de toda la obra en infinitud de personajes, lacra y reflejo del pesimismo existencial para Llanas y Quirós que dicen asi:

La verdadera causa del alcoholismo es de orden emocional. Lo que al alcohol pide el hombre fatigado, deprimido, hastiado de la vulgaridad de una vida cansada, monótona y desdichada, es el poder de transportarse, en un vuelo, a otra existencia mejor, donde se halle a gusto(…)

El alcohol no es sino un medio, el más grosero, de procurarse la alegría de la vida

Tambien dignas de reseña la aparición de dos personajes que luego tendrán mucho que decir, Roberto Hasting, personaje de influencia folletinesca por un lado -con esa busqueda de un tesoro-, golfo burgues por otro, como relata Baroja en Patología del golfo:

(…) el golfo que filosofa (…) El que filosofa, más que un golfo es un intelectual. Mira la vida como un espectador. Comprende que su pereza o su mala suerte son causa importante de sus desdichas, y las soporta con resignación, cuando no se ríe de ellas. Tiene el escepticismo amable que nace de pasear las miradas sobre la multitud, y de oír constantemente las opiniones contrarias de la muchedumbre. (…) le agrada reírse de los aspectos ridículos del hombre en general.

El otro personaje en La Justa, modista que tendrá verdadero protagonismo en la tercera parte, pero que ahora funciona como la tentación que hace que Manuel se aleje de la fonda enamorado “fue aquello fantasía, base para otras fantasías”, abriendo un ciclo que se cerrara cuando el destino haga que Manuel vuelva a encontrarse con ella y aparezca el desengaño.

Puerta del Sol, 1900

La segunda parte, mas amplia y de mayor complejidad narrativa, abarca la estancia de Manuel en la Zapateria de su tio -hasta el crimen pasional de Leandro-, viviendo en la Calle del Aguila primero, y despues en el Corralón. En este descenso a los Barrios bajos -donde la luz electrica va dejando paso a la de gas y después al farol- como trabajador, Manuel se desdibuja y sirve de hilo conductor para multitud de personajes del Barrio de las Injurias y alrededores.

Se produce una nota de humor en la presentación de esas dos zapaterías que son propiedad del señor Ignacio y de su rival. La primera se llamará A la regeneración del calzado, y la segunda, El león de la zapatería. Ambos letreros tendrían resonancia para los lectores de la época, que captarían los ideales burlados: el primer letrero, los de ese Regeneracionismo que busca levantar la cultura de España; el segundo, los del símbolo tan usado y a la vez, tras el Desastre del 98, denostado, el del león, empleado para referirse especialmente a Castilla.

El tono es, pues, pesimista, derrotista. Y la mirada es consciente del futuro lector, a quien adivina como historiógrafo: resulta interesante, en este sentido, que Baroja vea su obra como fuente de datos sociológicos, como pista de historia de las mentalidades.

Manuel deja paso al prototipo de los barrios bajos “entre estafador, descuidero y matón”, a los jovenes randas, a socialistas, a muchachas de la vecindad que se han ido con un hombre rico… Aparecen “Los piratas” del Bizco, personaje tatuado al que se da un especial tratamiento animal, reforzando las teorias lombrosianas del ente “atávico” y regresivo de los criminales. La Muerte, mendiga del corralón que se refugia en la superstición de las gentes que le rodean para sobrevivir. La Doctrina, lugar de reunión de mendigos al amparo de marquesas -“Para los golfos todo no era mas que un piadoso entretenimiento de las señoras devotas: hablaban de ella con amable ironia”-. Vidal, versión con ambición e inteligencia y sin escrupulos de Manuel. Rebolledo e hijo, que hacen juguetes (costumbre de aquella época en los barrios bajos para vender a los señoritos, algunas piezas aun se conservan en museos de la capital como ejemplo de física elemental). La taberna de Blasa, lugar objeto de una miseria total, con matones, topistas, golfas viejas y malformaciones genéticas. Santeros con cruces en las lenguas (costumbre, dicen Quirós y Llanas, a base de apretar con la lengua una cruz contra el paladar, que la lengua quedara marcada y diese venerabilidad al santero). Alcoholistas, prostitutas, invertidos y gitanos. Don Alonso, golfo caido, charlatán, cómico y aventurero. Fanny, pintora rica que baja con Roberto a ver la pintoresca pobreza. O Leandro, impulsivo producto de “la manera pasional de entender el amor que tienen las clases de la mala vida” (Quirós/Llanas).

Las menciones especiales aquí van dirigidas a un cuestionamiento que Roberto Hasting realiza al positivismo de Lombroso: “Sería curioso averiguar -dijo Roberto- hasta que punto la miseria ha servido de centro de gravedad para la degradación de estos hombres” cuestionamiento que resulta leitmotiv de todo el libro de Quirós/Llanas; y como no, la descripción que Baroja realiza de El Corralón:

Había en aquella casa todos los grados y matices de la miseria: desde la heroica, vestida con el harapo limpio y decente, hasta ms nauseabunda y repulsiva(…)

Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera. Alli se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se moría de hambre; alli se construían muebles, se falsificaban antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se componían porcelandas rotas, se concretaban robos, se prostituían mujeres.(…)

Era, en general, toda la gente que alli habitaba gente descentrada, que vivía en el continuo aplatamiento producido por la eterna e irremediable miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil de piel; otros no lo tenían; (…) Casi todos ellos, si se terciaba, robaban l oque podían; todos presentaban el mismo aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante, que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias

Barrio de las Injurias

La tercera parte, más caótica en sus espacios, parte de la vuelta a la casa de huespedes, hasta la muerte de la madre de Manuel, y de ahí, al vagabundeo de oficios y delitos que éste realiza hasta quedar al amparo de un trapero, del que finalmente tambien huye por el desengaño amoroso de su hija Justa. Manuel vuelve a encarnar más protagonismo, hasta que decide que será “bueno”, y no “malo” .

Se muestran más ejemplos de los expuesto en el libro de Quirós/Llanas, las familias disfuncionales como la del tio Patas -casado con una mujer joven que tiene relaciones con su hijo y arrejuntado con su cuñada-, el alcoholismo romantico del hornero alemán, la inconstancia del golfo en el trabajo, las novelas pronográficas, el golfeo de Vidal y el Bizco, el golfo recogecolillas expósito, las cuevas de las montañas, donde viven los golfos con su Capitán (“A manuel le chocaba la mala intención de todos”), la ladrona que vende su mercanica a los buhoneros y mantiene a su querido aunque la pega, el trilero con su gancho, los andarríos y descuideros, el puesto de aplaudidor en el teatro o las prostitutas carretistas -prototipo de prostitutas impúdicas-.

Quizá digno de mención en la obra sea el manejo de baroja de descripciones de sutil ámbito médico, desplegando toda una gama de patologías y deformidades -sífilis, tuberculosis, hidrocefalía…- sin mencionar nunca en exceso la enfermedad en sí, si no solo una serie de sintomas.

Resulta, en definitiva, revelador que lo que una obra argumentas en tablas jerarquicas pueda mostrarlo otra en descripciones repletas de adjetivos sensoriales, tan alejados de la realidad, sin perder un apice del realismo social y sucio que se pretende transmitir, y por eso mismo, La busca es una obra crucial.

El barrio de las Injurias se despoblaba, iban saliendo sus habitantes hacia Madrid…Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y la miseria”. (Mala hierba).