Oportunidad

Comienzo a liarme un cigarrillo. Estoy solo en el salón de mi casa. Oigo abrirse la puerta del cuarto de mi compañero de piso. Es un salón vacío, de gotelé y sin cortinas. La luz apagada, me gusta así. Mi compañero entra en el salón y se sienta junto a mí sin mirarme, la vista fija en la pared, perdida. No enciende la tele ni nada. Siempre suele encender la televisión cuando se sienta en el sofá, esté yo o no. La mira todo el día y se tumba y se duerme y no la apaga y me molesta. Pero esta vez se queda ahí, en silencio, mientras enciendo mi cigarro y lo fumo pensando en nada.
– Está muerta. -dice al fin.
– ¿Cómo?
– Creo que la he matado. Sí. Sí. Está muerta.
– ¿Quién?
– Un chica, guapa. Sonrió y me saludó en un bar… ¿Me das un cigarro?
– Tengo de liar.
– Vaya. -silencio- Estoy muy tenso.
-Sí. -Miro la pantalla del televisor, apagada. Y después miro la noche, a través de la ventana sin cortinas de detrás del televisor. Noche cerrada y sin luna, debe de hacer mucho frío. Suerte que yo no salgo mucho.- ¿La has matado tú?
– No lo sé.
– ¿No?
– Ha sido un accidente muy rápido. Ahora está muerta, ella.
– Entonces, tendremos que hacer algo -Digo, e intento recordar si quedan toallas limpias, no sé muy bien por qué. Lo que si hay es un martillo sobre la mesa del salón.
– Vaya.
– Hay que tener cuidado.
– Creo que voy a llorar, creo que la he matado yo.
– Algo haremos. -Susurro. Y nos quedamos en silencio.

Publicado originalmente en la revista Periplo vol. VIII, Abril 2011.

TNT Johnson, el imprudente de Hope City en: ¡Emboscada en la noche!

El filo serpenteante del puñal silbó en la oscuridad de la noche. La salida al callejón trasero del Faro de Sanghai era el lugar ideal para una emboscada de este tipo, sin duda. El hombre encapuchado había escogido bien. Pero un reflejo traidor de las luces de gas enclavadas a ambos lados de la puerta alertaron al Imprudente de Hope City, permitiendo un giro raudo nada acorde con su corpulencia. El asesino buscaba un premio, el pescuezo del toro, pero solo pudo llevarse un trozo de abrigo (un largo Chesterfield cruzado, azul, referente de elegancia) y unas gotas de sangre que surgieron del hombro.

Toma la declaración de los que aun estén conscientes, MacBullit. Te espero fuera liándome un cigarro. Había dicho TNT Johnson minutos antes en el burdel tras noquear a cuatro matones chinos que se negaban a hablar. Poco podía saber del percal que le esperaba en el callejón. ¡Un asesino enmascarado! Tras esquivar la primera embestida, Johnson lanzó una zurda enguantada hacía su agresor al tiempo que giraba sobre sus pies para encararlo. El golpe impactó certero en la mandíbula, y sonó a fractura. Tal ladrillazo sin embargo no tumbó al hombre misterioso, lo que dejó al detective bastante contrariado. Pocas personas resistían una explosión directa (con giro) de TNT Johnson. Los dos hombres se miraron durante un segundo eterno. Midiéndose bajos los destellos rojos del burdel chino. Ik shimt ‘Oyo, balbuceó el asesino levantando el puñal curvado. Como quiera, joven, respondió Johnson y se abalanzó sobre él. El encapuchado le recibía con el puñal preparado para ensartarlo, pero Johnson se las arregló para apartarlo y colocar el codo en la nariz de su adversario. La sangre comenzó a brotar. Todavía agarrando con fuerza la muñeca del asesino, Johnson aprovechó para doblarle el brazo hasta que sonó crack y el puñal cayó tintineante al suelo.

Pero la resistencia sobrenatural del encapuchado permanecía por allí, y en un rápido forcejeo que muy pocos ojos alcanzarían a observar, se libró de la manaza de oso de Johnson, recogió el arma y atacó sesgando la camisa de nuestro héroe. Por tercera vez la sangre manchaba la nieve de Hope City, y ésta era una herida bien larga en el costado de Johnson. Jadeante, el detective esquivó un nuevo ataque, y otro. Pero si seguía así, solo era cuestión de tiempo que el asesino encontrase sus costillas. Existen tres caminos para dejar Hope City, ubicada como está en la parte final de Weed Coast, por Papelona Road hacía Las Colinas, en barco atravesando la bahía, y muerto. Pero a TNT Johnson le encantaba Hope City y decidió que no estaba dispuesto a abandonarla de ninguna manera. Así que visualizó en una fracción de segundo unos cubos de basura a escasos metros y con un hábil viraje se plantó junto a ellos. Recogió una tapa de metal justo a tiempo para protegerse de una nueva puñalada de su agresor. El impacto hizo que una raspa de pescado y un par de pieles de naranja saliesen volando. Un gato maulló al fondo del callejón.

Johnson era un hombre muy grande que se hacía los trajes a medida. Así que una vez bien cubierto recordó lo enfadado que le ponía que alguien estropease su ropa. Con un rápido movimiento y un grito de furia detuvo la última puñalada que daría su enemigo, con tal fuerza que el arma escapó de las manos del malvado. Johnson le golpeó con el metal cilíndrico en la mandíbula, confiando en que ya estuviese tocada de antes. En efecto. El asesino se tambaleó. Golpeó de nuevo en la mandíbula con todas sus fuerzas, y otra vez más, y otra. Hasta conseguir que el enmascarado cayera en la nieve sucia. Una vez en el suelo, no se detuvo. Como poseído por el diablo, tiró la tapa y se colocó a horcajadas. Entonces comenzó con los puñetazos en la cara. Hasta que el enmascarado dejó de moverse, hasta que le dolieron los nudillos y sus guantes blancos fueron rojos, como la nieve de alrededor. Hasta que todo estuvo en silencio. Johnson se levantó con dificultad y se quedó de pie, respirando con esfuerzo y viendo su camisa manchada de sangre. Y entonces empezó a notar el frío que hace en noviembre cuando oscurece en Hope City.

-Uno de ellos ha hablado. Ha sido buenísimo. Cuando has agarrado al chino, de la coletilla esa y lo has alzado sobre… ¡HOSTIA PUTA! -Mickey aparecía por la puerta trasera

-Modera tu lenguaje, MacBullit.

-¡Si solo has salido a fumar, hombre! ¡El tabaco no hace esto! ¿Que… que diantres ha pasado?

-Un agente de viajes. Le he dicho que no estaba interesado -Johnson se quitó el abrigo, destrozado, y lo tiró a una esquina. El Sargento de policía Mickey “Boliche” MacBullit, se acercó al cuerpo y se subió el sombrero con un dedo mientras lo examinaba.

-Y veo que le has dejado bien clarito porque algunos periódicos te llaman El Ferrocarril Feroz ¿Eh amigo?

Johnson no dijo nada pero señaló el puñal con un gesto. Mickey lo recogió y observó los grabados que cubrían la empuñadura. Parecía caro, muy trabajado. Y la hoja tenía una forma curvada, como una s. La forma que tiene el aguijón de un escorpión.

-Habrá que llevar a comisaría el cuchillo, nunca he visto nada así. Y trae al forense. A ver quien quiere matarme ahora. -dijo Johnson al fin.

-Poco queda de su cara, podrías haberle pegado en otro sitio, Johnson.

-(gruñido) ¿Qué han dicho los chinos?

-Cargamento de opio, mañana a medianoche ¿estarás bien?

-Obvio.

-Pues vamos, te remendaremos y compraremos otro abrigo. No puedo llegar tarde a cenar. No otra vez. Sasha me mata. Suerte tú, que estas soltero y…

-No quiero otro abrigo, me dejo el sueldo en ellos. Es el quinto que me rompen este mes…

En ese momento de entre las tinieblas del callejón se oyo un murmullo inhumano. Un sonido ronco y gutural que salía de la garganta del asesino. Sin apenas mover los labios, repitió: Ik shimt ‘Oyo. Ambos detectives se pusieron en guardia. Preparados para dar un golpe final o una patada en los riñones. Pero el asesino tensó los músculos con una mueca horrenda y grotesca. Una expresión de profundo dolor. Y su piel comenzó a volatilizarse como ceniza.

-¡Por los puños de Cristo! -Exclamó Johnson.

La ceniza pronto se mezcló con las sombras del callejón produciendo un olor nauseabundo, a descomposición. Solo quedaba allí ropa de lino negro y una capucha encharcada en la nieve. Y de entre las telas sucias, una tarjeta de visita. Impoluta, perfectamente conservada entre la sangre y la humedad del suelo. Mickey se acercó a ella y la recogió extrañado. Se aproximó hacía Johnson y ambos la ojearon bajo la luz del candil rojo.

-Johnson, en un lado hay un dibujo grabado, es una especie de araña gigante, muy rara.

-No es una araña.

-No… es verdad… ¡es un cangrejo!

-No te la acerques a la cara. Gírala. -Lo hizo, allí rezaba:

Con mis mejores deseos a TNT Johnson,

Espero que esto sea el principio de una larga enemistad”

El Centollo.

Próximamente: ¡Lío en el puerto!

Publicado originalmente en Los Zombies no saben leer Nº 2 -primavera 2010-

&

La mayor obsesión en su vida fue construir una máquina del tiempo. Nunca lo consiguió. Así que construyó una máquina que fabricase una máquina del tiempo. Cuando terminó, apretó el botón y hubo una explosión. Tras disiparse el humo, quedaba un libro. Era un libro infinito que empezaba por La mayor y terminaba en nadie. Y tenía escritas todas las vidas posibles. Comenzó a leer algunas, en una era bombero, en otra mataba a un hombre. Viajaba con aquel libro por el tiempo con facilidad. Se enganchó a leer, a vivir todas sus vidas. Pero no se percató que cuanto más tiempo pasaba en su sotano leyendo, solo, menos páginas tenía el libro. Pocas oportunidades le van quedando al viejo. Al final, no fue nadie.

Microrrelato publicado en la Antología I Concurso de Microrrelatos LdN

Rapidez

-¿Estás… absolutamente seguro, de que vamos a salir… ilesos de ésta? –5.

-Absolutamente –4.

Sudo y palpito y corro como alma que lleva el diablo. El pasillo se sucede con rapidez hasta mezclar los colores. 3. Brigada policial, artificieros, mal cable cortado. 2.

-Debería haber una ventana… ahora.

Saltamos. 1. Odio la puta calma del sargento. La ciudad se eleva. Caemos sobre cubos de basura. 0. Mis oídos estallan, mi estomago quiere salir por la boca, llueven millones de cristales rotos. Mañana más.

Rite-Man Blues’

Una puerta giratoria es un tipo de entrada que permite un uso simultáneo tanto para introducirse como para escapar de un edificio. Consiste generalmente de tres o cuatro hojas posicionadas verticalmente; unidas a un eje central, que las hace girar al ser empujadas. La del Viejo Hotel está rotando ahora mismo. Alguien entra.

El recibidor está cubierto de moqueta roja y húmeda y arrugada, sucia. Colillas entrelazadas y restos carmesí. Es un recibidor amplio, poco iluminado y con grandes paredes de mármol blanco a su alrededor; dos escalones, donde la moqueta se va secando, conducen al mostrador de recepción.

Una mano golpea suave un timbre de mesa con grabados de la compañía de las indias orientales: suena un tling.

-Disculpe, tengo un don

-Esperemos que no sea lo único, señor. ¿Alguna cosa más?

-Sé que lo tengo- Un hombre gordo aparece ajeno escaleras abajo, suda copiosamente y empapa un traje de mil doscientos dólares (novecientos treinta euros aprox.). Para, saca del bolsillo una chocolatina marca Robert Walton, la mastica con ruido y embeleso, tira el envoltorio al suelo, limpia sus manos en el pantalón y se dirige a la salida con la consciencia de que nunca le amará ninguna mujer porque es un hombre gordo.

-Tenía usted una reserva ¿Verdad?

-Si. Soy Ruipere. Gabriel.

Pausa, el hombre negro de recepción y su perfecto bigote aun más negro se inclinan sobre un enorme libro apoyado en el mostrador. El hombre abre el libro y todo huele a polvo de talco y a cuarto de hospital. Un dedo índice se desliza por encima de páginas con nombres y apellidos y tinta viscosa.

-En efecto. Aquí está.- Lejos, del salón de actos llega una melodía desacompasada. Cadenciosa, de saxofón.- Segunda planta, no hay nadie en la primera planta, tenemos un problema de humedad… de insectos. De humedad e insectos. Habitación 202.

-¿No es la 102…? Ya lo sabía… Por mi don. ¿Sabe quien soy yo?

-Si, Ruipere. Gabriel.- El hombre negro permanece inmóvil, inanimado.

-¿Tiene usted mujer? ¿Hijas? ¿Trabaja aquí todo el día?

-No lo sé.

Gabriel recoge su llave y se dirige al ascensor. Al apretar el botón de llamada la maquinaria se pone en marcha. Ruido de engranajes y calor. Sofoco y estruendo insoportables. Un hombre con sombrero está sentado en una silla, junto a la entrada del salón de actos. Intenta seguir el ritmo de la música. Da palmas y se golpea los muslos, dice: Da-da-da y Du-du-dumba y silba y sigue golpeando partes de su cuerpo. Espástico. Cuando el ascensor abre sus puertas lo hace con un ruido metálico, molesto, mezquino. El hombre del sombrero ve a Ruipere meterse en el ascensor y grita: Rhithm and blues, tío. Rhithm and blues. Luego sonríe mostrando una fila de dientes y el ascensor se cierra.

Gabriel no recuerda cómo ha pasado de la entrada del ascensor a su habitación. La 202. Se encuentra sentado en la cama con su maleta de cuero apoyada en los pies. Está descalzo. Es lógico, decide. Es una elipsis. Siente un escalofrío al darse cuenta de la magnitud del evento. El cuarto es pequeño y rojizo. Paredes con papel estampado de flores de lis y pequeñas grietas. Gabriel se incorpora y deja su maleta sobre la cama. La abre. Algo pequeño y oscuro recorre la distancia entre la puerta del baño y las cortinas. Algún tipo de artrópodo. Gabriel no lo nota (esto es raro). Dentro de la maleta hay una máquina de escribir y un puñado de papeles. Ruipere lo coloca todo encima de una mesa de despacho de nogal español que esta junto a la ventana y enciende un cigarro. La curiosidad le lleva a mirar por la ventana. Una niebla espesa recubre el exterior. No hay nada.

Gabriel sonríe nervioso y expulsa humo por los orificios nasales. Se sienta frente a la mesa y comienza a ojear el puñado de papeles mientras se pasa la mano por el pelo. En las hojas dice así:

Una puerta giratoria es un tipo de entrada que permite un uso simultáneo tanto para introducirse como para escapar de un edificio. Consiste generalmente de tres o cuatro hojas posicionadas verticalmente; unidas a un eje central, que las hace girar al ser empujadas. La del Viejo Hotel esta rotando ahora mismo. Alguien entra. (…)

No necesita seguir. Todo ha sucedido tal y como el lo escribió. Ríe, aunque no recuerda muy bien cuando dejó de escribir y apareció en la entrada del hotel. Pero por el momento disfruta. Apaga el cigarro y se siente bien. Una idea le viene a la mente. Coloca un papel limpio en la máquina de escribir y comienza: Mi color favorito es el azul. Cuando levanta la vista el cuarto es pequeño y azulado, siempre ha sido azulado. Y pensar que le dijeron que sus escritos no valían ni para animalitos de dibujos animados. Ahora si que les dará dibujos animados. Tenerlo todo, serlo todo. Comienza:

De debajo de la cama aparece un ratoncito blanco. Tiene ojos grandes y expresivos y nariz redonda y su pelaje es como algodón. Camina sobre dos patas traseras con movimientos ingenuos, torpes. Mira confuso a Gabriel y se acerca a él de una manera graciosa. Le dice: <¡Que pasa viejo!>

<Uyuy hfdhm politoweurh!> oye Gabriel desde el suelo. Ahí está, tal y como lo ha descrito. Curioso, es como debería ser un adorable roedor, pero en real. Lo que le confiere todo ese tipo de detalles que no se ven en lo ficticio: raíces venosas en los ojos o saliva rezumando de la comisura de los labios. Algo grotesco. Pero no todo encaja. No ha pronunciado las palabras que Gabriel ha escrito para él. Extraño. El ratoncillo sonríe y pestañea un poco. Da igual, el experimento ha sido un éxito. Gabriel relata cómo el roedor se esfuma y cuando termina, ya no hay ningún ratón por la sala.

Tras la primera prueba, sabe que esta preparado para algo más crucial. Comienza a escribir y rápidamente la puerta de su habitación se abre. Continua escribiendo. Una mujer joven aparece en el umbral: mirada profunda, olor almizclado, vestido muy corto y muslos suaves. Dice que se aloja en la 204, que no conoce a nadie en la ciudad y que si le gustaría cenar con ella… no, mejor. Dice que las mujeres arrojan a veces jarrones contra las paredes, y que los hombres beben demasiado, y que nadie encuentra al otro; pero que siguen buscando. Y eso significa que vaya a verla más tarde.

Luego se marcha y la puerta queda cerrada. Gabriel deja de escribir. Sonríe. El artrópodo pequeño y oscuro reaparece de entre las cortinas y corretea hacia sus piernas. Es una cucaracha. Gabriel, sobresaltado, se mueve instintivamente y aplasta al bicho. Un caparazón cruje entre los dedos de un pie desnudo. Al principio sólo piensa en lo mucho que odia a las cucarachas, a los insectos en general. Se frota el pie compulsivamente contra la moqueta.

Luego se da cuenta.

Se da cuenta de que él no ha escrito en ningún momento nada sobre una cucaracha en su habitación. Pequeñas patitas se escuchan detrás de las paredes. Por las tuberías y en el techo. Gabriel siente cómo pierde el control. Una gota de sudor cae del pelo a la moqueta. El teléfono suena. Gabriel grita. Mientras se acerca al aparato cree ver por el rabillo de ojo pequeñas formas negras moviéndose a sus espaldas. En cada rincón oscuro. El cuerpo le pica bastante. Descuelga el teléfono:

-¿S… si?

-Señor Ruipere. Le hablo de recepción.

-Yo… no…

-Bueno, yo siempre estoy en recepción. ¿Me oye?

-Si…

-Da igual. Por aquí abajo creemos que usted esta loco, balbucee lo que quiera.

-¿Como?- Una cucaracha pasa rozando su dedo gordo. Un chillido.

-¿Quiere usted un trozo de queso? Es broma. Debo avisarle, señor. Los insectos y las humedades que le dije. Al parecer han subido desde la primera planta. La planta que usted no conoce. Debería subir usted a la tercera cuanto antes. No intente bajar, el ascensor se ha roto hace un momento. Las escaleras no son seguras…

-Pero…

-Yo lo he intentado. -Cuelgan

Gabriel no sabe lo que ocurre. Hace un momento todo iba bien. Subir a la tercera planta. De acuerdo. Sale del cuarto descalzo y busca las escaleras. No las encuentra. Hay insectos en el techo. A la vuelta pisa algo viscoso pero prefiere no mirar que es. Corre a la mesa y comienza a escribir cosas del tipo: ¡Que se pare!, ¡Que aparezca un spray insecticida! ó ¡Quiero volver a mi casa! Nada ocurre. Los oídos zumban. La desesperación nubla lo consciente. Las reacciones son animales. Abrir la ventana, un poco de aire. Pero no hay nada fuera. Nadie lo ha escrito. Sólo niebla. Se queda inmóvil mientras siente cosas moverse por debajo de la moqueta.

Un gemido lastimero llega desde el cuarto de baño. No es humano, viene de un cuarto oscuro como si fuese de la sima más profunda del subconsciente. Ruipere duda un poco, tiembla y recoge todas sus hojas escritas. Se siente más seguro con ellas encima. Es la prueba de que no está loco, o de que no está solo, o de que él no es otra ficción. Ya no lo sabe. Cuando Gabriel llega al marco de la puerta del baño ve una silueta. La silueta del pequeño ratón que él mismo ha creado antes sepultado bajo innumerables insectos que lo devoran vivo. Sus ojos miran tristes a Gabriel, sus lamentos ininteligibles y sus gestos imploran clemencia. Un ser concebido para ser inmortal a cualquier forma de violencia sufre lo indecible y sus huesos se astillan. Silencio. Una caterva de invertebrados se abalanzan sobre Gabriel. No hay reacción. Sólo artrópodos y coleópteros invadiendo piel y mucosas, abriendo heridas y explorando orificios. Gritos, fluidos, derrames, laceraciones, desgarros. Esto no está pasando. Es mi libro. Gabriel se arrastra, se rasca, se abofetea, se revuelca en la moqueta. Aferra sus hojas con fuerza, con la mano izquierda. Intenta llegar a la puerta. A la habitación 204, allí hay alguien. Con sus últimos esfuerzos se incorpora, consigue atravesar el cuarto y abrir la puerta. Tiene sangre en los ojos. Llama a la puerta de la 204 y se derrumba de nuevo, en el pasillo. Intenta sin éxito aplastar los insectos de debajo de su ropa. Solo se hace daño al golpearse. La puerta se abre. La joven rubia aparece.

-Yo… creo que me muero.

-¿Que? ¿Que hace ahí sentado en mi puerta?

-Estoy sangrando… estoy… ayúdeme

-No sé… no

-Tome, coja esto, léalo. Aquí esta todo. Estoy yo.

La mujer recoge el puñado de papeles confusa y los ojea mientras Gabriel se siente infestado de seres malvados. No sabe lo que quieren. Pero le han matado. Todo se vuelve oscuro. Se queda sin ideas. Su cara se estampa sobre la moqueta rojiza del pasillo.

-Disculpe- susurra la mujer mirando los papeles- No lo entiendo. No entiendo lo que pone. Aquí sólo hay garabatos. Lo siento.