Drag me to hell

No dejo de sentir cierta abulia ante un sector que se la agarra con pinzas para determinadas obras. Que glorifican aquello a causa de circunstancias ajenas y masacran golosinas a las que deberíamos agradecer ese regusto a complicidad y divertimento. Sam Raimi es perro viejo, y se ha permitido recordar sus orígenes sin hundirse en la mera nostalgia, creando una historia propia de los tebeos de la EC. Con su maldición, su fatum y su moraleja. Donde la conducta de un personaje atrae lo sobrenatural y se nos enseña una lección. Y es precisamente aquí, en el juego de combinar los dos mundos donde Raimi hace maravillas: la tensión en el mundo anodino, a la espera de sorprenderse con el siguiente momento sobrenatural; y la risotada y el aplauso cuando por fin interviene el exceso en forma de slapstick convierten la historia en una montaña rusa. Esos dos mundos resultan una alegoría perfecta de cómo Raimi ha sabido crear una película con total conocimiento de los engranajes del género mainstream, pero manteniendo ese juego subversivo que le ha caracterizado siempre. Y es que, si no son capaces de dejarse llevar con una película en la que algún personaje vomita sobre otro cada 10 minutos, no han entendido nada de cine.

Publicado originalmente en microcritic.wordpress.com el 26/12/2009

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