Where the Wild Things Are

Spike Jonze ha creado una película infantil que resulta muy jodida si uno ya no lo es. El recorrido que realiza el niño protagonista, en respuesta a la impotencia y la incomprensión de unas reglas que no son justas, resulta uno de los retratos más certeros que se han dado en el cine sobre la pérdida de la infancia; más bien, sobre la infancia misma. Y es que el refugio ficticio que aparece ante el niño que huye -al atisbar que sólo es uno más en un mundo cabrón como éste-, es un refugio inútil; de fantasías nada inocentes e impulsos irracionales, y mucho más real de lo que aparenta: un mundo que resulta un reflejo de su angustia, y al que tampoco pertenece. Where the Wild Things Are es, en conclusión, una película de gran belleza donde nadie aprende nada, donde nadie soluciona nada. En cualquiera de los universos planteados, la única victoria pírrica que le queda a un niño es la catarsis del juego rabioso, una evasión que niega la mediocridad durante un rato. Una mediocridad que vuelve a imponerse rápidamente, una y otra vez, hasta que sea aceptada, pues antes o después alguno de los jugadores les recordará su fragilidad al resto. Y es que no se puede vivir en la quimera, ni siquiera entre seres que no existen.

Publicado originalmente en microcritic.wordpress.com el 21/12/2009

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