Serial Mom

En los 90 surgió una tendencia, dentro de un género de terror que agonizaba, empeñada en deconstruir a golpe de brocha gruesa y cobardía mainstream a sus antecesores fílmicos. Si hay una película que sobrevolase por encima de toda la masa mediocre de obras que intentaron reinventar la ironía, es ésta. John Waters firma un guión hilarante que pervierte tanto los cánones de varios géneros como los de la América de Norman Rockwell, y lo dirige con un pulso e imaginación desbordantes. En él, Kathleen Turner recrea -magistralmente- a la asesina en serie que una sociedad tan superficial y deshumanizada como la que le rodea se merece. Un entorno amoral arraigado en unas costumbres mecánicas y vacías, donde la verdad pesa menos que la reputación políticamente incorrecta de quien la dice. Así, mientras Waters parodia los roles y mecanismos del slasher, nos muestra también un mundo de sonrisas forzadas y perversiones a puerta cerrada que, cómo no, es un reflejo. Y es que con el tiempo, Waters ha aprendido que para provocar hasta la médula no es necesario que alguien se coma una mierda. Basta con que una maruja incendie a un adolescente pajero.

Publicado originalmente en microcritic.wordpress.com el 29/10/2009

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