Transformers 3, el manifiesto futurista hecho cine.

Trataba de contarnos Christopher Nolan en Origen -Inception- como transmitir una idea haciendo creer al receptor que era propia, pillar en bragas a alguien y contagiarle una idea mientras dormía. Desgraciadamente lo intentaba con un vehículo repleto de sobrexposiciones y explicaciones, no solo mal dirigido si no absolutamente incapaz de jugar con su propia propuesta al estar dando lecciones y sermones todo el metraje; anulando cualquier capacidad para pensar o imaginar del espectador, como ya había hecho en sus Batmans. Y sin embargo, un pequeño Inception si que consiguió, consiguió gracias al denominado “efecto Paulo Coelho” que mucha gente se sintiese tremendamente lista con la papillita y afirmarán que era una película muy intelectual.

Al contrario, Michael Bay siempre será vilipendiado por realizar el verdadero cine vacío que el espectador medio merece y rechaza por su “horror vacui intelectual” – que transportado a otros géneros y medios sería como ver porno o el fútbol- y que la critica repudia. No es la primera vez que hablo de ésto, así que no lo repetiré. Michael Bay es mas honesto que Nolan, y, como siempre, de la honestidad sale un subtexto muchísimo más rico que del artificio barato, precisamente aunque esa honestidad trate de mostrarnos artificios baratos. Transformers 3 es una gran película cansada, que repite de manera hipertrófica los esquemas de sus predecesoras, es precisamente en ese cansancio existencial, inevitable tanto dentro como fuera de la pantalla, donde la película descubre elementos que antes habían pasado desapercibidos. Y es que toda la trilogía funciona como una negación de la madurez maravillosa, pero es en esta  tercera parte donde, por las circunstancias del protagonista, la cuenta atrás a la vejez se hace mas acuciante.

No es muy difícil darse cuenta de que toda la saga se estructura alrededor del devenir vital del chaval LaBeouf. El el primer Transformers el protagonista terminaba su etapa escolar y su mayor problema era tener un coche -vendiendo las pertenencias de su ancestro por eBay- y ligarse a una muchacha golosa que tenía un novio capullo, en la segunda parte los años locos de la “carísima” universidad -como repite el padre de Witwicky- traían consigo toda la ampliación del campo de batalla: el campus universitario, el siempre a tope, el darwinismo social, la primera crisis con la novia adolescente y el clasismo de los pudientes. Y como en toda buena narración fantástica, cuando las limitaciones del protagonista se ponen en evidencia, aparece el elemento  fantástico para echar una mano -de doble filo aquí, como se remarcará luego, si tenemos en cuenta que el elemento fantástico de esta saga son JUGUETES-, así, convierten la vida de un ser pusilánime de clase media en un héroe que se queda con la chica y no tiene que preocuparse por la realidad. Juega. A esta lectura se añade que las películas de Transformers son en si mismas grandes estructuras vacías para niños grandes, ficción pura y evasiva.

“(…) Si entendemos por realismo, en línea con Nietzsche, la reflexión sobre la superficie de las cosas por cuanto en ella, y no en los espejismos ideales o especulativos, late la esencia de la vida, Bay es uno de los directores más realistas de las últimas dos décadas.

Las imágenes que ha gestado —menos deudoras del cine que de la publicidad, los vídeos musicales y una iconografía estética/ideológica de la existencia y el ser norteamericano que ha pasado a Norman Rockwell por el tamiz de Thom Mayne, Donald Trump y Annie Leibovitz—, constituyen una representación modélica de la cultura del exceso: hacen mutar el séptimo arte en su simulacro mercantil, en una oda hipertrófica a su consumo inmoderado, eufórico, por parte del espectador. Cuando Guy Debord sentenciaba en La sociedad del espectáculo que «la imagen se ha convertido en la forma definitiva de transustanciación de los objetos», estaba refiriéndose lo tuviese o no en mente a Dos policías rebeldes, La roca, Armageddon, Pearl Harbor, Dos policías rebeldes II y La isla.

Diego Salgado, A proposito de transformers 3, Miradas de cine  111

La primera y especialmente la segunda parte -que se benefició, si, si, se benefició de la huelga de guionistas para ofrecer un espectáculo tan sumamente vacio- ocultan bajo esas estructuras de pulsiones y fetichismo audiovisual no solo la obsesión Ballardiana por la maquina, o la banalización pop del anuncio de Coca Cola como reflejo del alma del individuo contemporáneo, si no el análisis de la actual fijación por la nostalgia. La vuelta a los elementos de la niñez como huida de la realidad están a la orden del día, acabar un botellón en casa del Julián cantando la canción de la Abeja Maya es una mierda generacional que pasa -motivo de que exista esta saga cinematográfica, no lo olvidemos-, y esconde una serie de constantes psicológicas que aterran.

Pues bien, es en Transformers 3, donde Sam Witwicky ya dejó atrás el cole y el desfase universitario -donde tiene que volverse “hombre” que dirían- cuando el regreso de los Transformers comienza a volverse patético. Al principio de Transformers 3 Witwicky vive sin trabajo, sin dinero, mantenido por una novia nueva -mujer práctica e independizada-, ya que la antigua -amor adolescente, sueño humedo de clase baja- lo dejó -otra casualidad en beneficio de la película- y con celos hacía el jefe rico, guapo y maduro de su nueva novia. Sus padres le han dado de lado para hacer su vida de jubilados, la única posibilidad de conseguir un trabajo es por enchufe indigno y sus antiguos amigos robots ya nunca le hacen una visita. Recuerda que salvó el mundo dos veces y suspira porque nadie le cree.  Está solo en un mundo de adultos yse desenvuelve mal. Esa primera hora donde Bay reescribe la historia de los Estados Unidos a su antojo mientras te muestra las cómicas tragedias de un protagonista simplón e infantil que escucha U2 porque no da para más en un mundo que se esboza en crisis, rezuma de un desencanto y una perdida de ilusión inusual en el cine de Bay, caricaturizando una sociedad extraña, patológica y un poquito jodida.

Así, el regreso al mundo Autobot de Witwicky es casi desesperado, grita, corre, llora, necesita jugar una última vez, necesita que sus juguetes le saquen del hoyo en que se ha metido -casi funcionando a la manera invertida de esa obra maestra que es Toy Story 3-. Y en el momento en que entra, todo cambia, ya no hace falta trabajo, ni dinero, ni amor -salvo como chica/objeto que salvar, la estructura heróica clásica devuelve el status de macho al mantenido dejando al personaje femenino en tacones toda la película, lo que provoca un contraste absoluto y absurdo, de la la desenvoltura con que ella se mueve por el mundo “real” al ridiculo de las escenas de acción-, hasta el odioso jefe de su novia es -obviamente- un colaboracionista Decepticon. Que fácil es todo, como soluciono los problemas sociales de la lucha de clases a garrotazos con mobiliario urbano, que maravilloso, que me den otra medalla. Y eso se ve reflejado en la actitud de los Autobots, son más radicales que nunca, permiten que los Decepticon destruyan una ciudad solo para demostrar que tenían razón, están furiosos y se cargan enemigos incluso aunque estos les hayan ayudado. Quieren permanecer en la Tierra como sea porque de algún modo metalingüistico, necesitan treintañeros que les invoquen cuando su vida es un asco.

En definitiva, Michael Bay será burdo, será tosco y será zafio, pero sigue mezclando estructuras de género, haciendo malabares, meándose -con un Escher de puta madre- en Inception e insuflando vida, detalle y defectos -según muchos -a un tipo de película que de tan plana, refleja.

Transformers 3, en definitiva, el manifiesto futurista hecho cine.

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