Rite-Man Blues’

Una puerta giratoria es un tipo de entrada que permite un uso simultáneo tanto para introducirse como para escapar de un edificio. Consiste generalmente de tres o cuatro hojas posicionadas verticalmente; unidas a un eje central, que las hace girar al ser empujadas. La del Viejo Hotel está rotando ahora mismo. Alguien entra.

El recibidor está cubierto de moqueta roja y húmeda y arrugada, sucia. Colillas entrelazadas y restos carmesí. Es un recibidor amplio, poco iluminado y con grandes paredes de mármol blanco a su alrededor; dos escalones, donde la moqueta se va secando, conducen al mostrador de recepción.

Una mano golpea suave un timbre de mesa con grabados de la compañía de las indias orientales: suena un tling.

-Disculpe, tengo un don

-Esperemos que no sea lo único, señor. ¿Alguna cosa más?

-Sé que lo tengo- Un hombre gordo aparece ajeno escaleras abajo, suda copiosamente y empapa un traje de mil doscientos dólares (novecientos treinta euros aprox.). Para, saca del bolsillo una chocolatina marca Robert Walton, la mastica con ruido y embeleso, tira el envoltorio al suelo, limpia sus manos en el pantalón y se dirige a la salida con la consciencia de que nunca le amará ninguna mujer porque es un hombre gordo.

-Tenía usted una reserva ¿Verdad?

-Si. Soy Ruipere. Gabriel.

Pausa, el hombre negro de recepción y su perfecto bigote aun más negro se inclinan sobre un enorme libro apoyado en el mostrador. El hombre abre el libro y todo huele a polvo de talco y a cuarto de hospital. Un dedo índice se desliza por encima de páginas con nombres y apellidos y tinta viscosa.

-En efecto. Aquí está.- Lejos, del salón de actos llega una melodía desacompasada. Cadenciosa, de saxofón.- Segunda planta, no hay nadie en la primera planta, tenemos un problema de humedad… de insectos. De humedad e insectos. Habitación 202.

-¿No es la 102…? Ya lo sabía… Por mi don. ¿Sabe quien soy yo?

-Si, Ruipere. Gabriel.- El hombre negro permanece inmóvil, inanimado.

-¿Tiene usted mujer? ¿Hijas? ¿Trabaja aquí todo el día?

-No lo sé.

Gabriel recoge su llave y se dirige al ascensor. Al apretar el botón de llamada la maquinaria se pone en marcha. Ruido de engranajes y calor. Sofoco y estruendo insoportables. Un hombre con sombrero está sentado en una silla, junto a la entrada del salón de actos. Intenta seguir el ritmo de la música. Da palmas y se golpea los muslos, dice: Da-da-da y Du-du-dumba y silba y sigue golpeando partes de su cuerpo. Espástico. Cuando el ascensor abre sus puertas lo hace con un ruido metálico, molesto, mezquino. El hombre del sombrero ve a Ruipere meterse en el ascensor y grita: Rhithm and blues, tío. Rhithm and blues. Luego sonríe mostrando una fila de dientes y el ascensor se cierra.

Gabriel no recuerda cómo ha pasado de la entrada del ascensor a su habitación. La 202. Se encuentra sentado en la cama con su maleta de cuero apoyada en los pies. Está descalzo. Es lógico, decide. Es una elipsis. Siente un escalofrío al darse cuenta de la magnitud del evento. El cuarto es pequeño y rojizo. Paredes con papel estampado de flores de lis y pequeñas grietas. Gabriel se incorpora y deja su maleta sobre la cama. La abre. Algo pequeño y oscuro recorre la distancia entre la puerta del baño y las cortinas. Algún tipo de artrópodo. Gabriel no lo nota (esto es raro). Dentro de la maleta hay una máquina de escribir y un puñado de papeles. Ruipere lo coloca todo encima de una mesa de despacho de nogal español que esta junto a la ventana y enciende un cigarro. La curiosidad le lleva a mirar por la ventana. Una niebla espesa recubre el exterior. No hay nada.

Gabriel sonríe nervioso y expulsa humo por los orificios nasales. Se sienta frente a la mesa y comienza a ojear el puñado de papeles mientras se pasa la mano por el pelo. En las hojas dice así:

Una puerta giratoria es un tipo de entrada que permite un uso simultáneo tanto para introducirse como para escapar de un edificio. Consiste generalmente de tres o cuatro hojas posicionadas verticalmente; unidas a un eje central, que las hace girar al ser empujadas. La del Viejo Hotel esta rotando ahora mismo. Alguien entra. (…)

No necesita seguir. Todo ha sucedido tal y como el lo escribió. Ríe, aunque no recuerda muy bien cuando dejó de escribir y apareció en la entrada del hotel. Pero por el momento disfruta. Apaga el cigarro y se siente bien. Una idea le viene a la mente. Coloca un papel limpio en la máquina de escribir y comienza: Mi color favorito es el azul. Cuando levanta la vista el cuarto es pequeño y azulado, siempre ha sido azulado. Y pensar que le dijeron que sus escritos no valían ni para animalitos de dibujos animados. Ahora si que les dará dibujos animados. Tenerlo todo, serlo todo. Comienza:

De debajo de la cama aparece un ratoncito blanco. Tiene ojos grandes y expresivos y nariz redonda y su pelaje es como algodón. Camina sobre dos patas traseras con movimientos ingenuos, torpes. Mira confuso a Gabriel y se acerca a él de una manera graciosa. Le dice: <¡Que pasa viejo!>

<Uyuy hfdhm politoweurh!> oye Gabriel desde el suelo. Ahí está, tal y como lo ha descrito. Curioso, es como debería ser un adorable roedor, pero en real. Lo que le confiere todo ese tipo de detalles que no se ven en lo ficticio: raíces venosas en los ojos o saliva rezumando de la comisura de los labios. Algo grotesco. Pero no todo encaja. No ha pronunciado las palabras que Gabriel ha escrito para él. Extraño. El ratoncillo sonríe y pestañea un poco. Da igual, el experimento ha sido un éxito. Gabriel relata cómo el roedor se esfuma y cuando termina, ya no hay ningún ratón por la sala.

Tras la primera prueba, sabe que esta preparado para algo más crucial. Comienza a escribir y rápidamente la puerta de su habitación se abre. Continua escribiendo. Una mujer joven aparece en el umbral: mirada profunda, olor almizclado, vestido muy corto y muslos suaves. Dice que se aloja en la 204, que no conoce a nadie en la ciudad y que si le gustaría cenar con ella… no, mejor. Dice que las mujeres arrojan a veces jarrones contra las paredes, y que los hombres beben demasiado, y que nadie encuentra al otro; pero que siguen buscando. Y eso significa que vaya a verla más tarde.

Luego se marcha y la puerta queda cerrada. Gabriel deja de escribir. Sonríe. El artrópodo pequeño y oscuro reaparece de entre las cortinas y corretea hacia sus piernas. Es una cucaracha. Gabriel, sobresaltado, se mueve instintivamente y aplasta al bicho. Un caparazón cruje entre los dedos de un pie desnudo. Al principio sólo piensa en lo mucho que odia a las cucarachas, a los insectos en general. Se frota el pie compulsivamente contra la moqueta.

Luego se da cuenta.

Se da cuenta de que él no ha escrito en ningún momento nada sobre una cucaracha en su habitación. Pequeñas patitas se escuchan detrás de las paredes. Por las tuberías y en el techo. Gabriel siente cómo pierde el control. Una gota de sudor cae del pelo a la moqueta. El teléfono suena. Gabriel grita. Mientras se acerca al aparato cree ver por el rabillo de ojo pequeñas formas negras moviéndose a sus espaldas. En cada rincón oscuro. El cuerpo le pica bastante. Descuelga el teléfono:

-¿S… si?

-Señor Ruipere. Le hablo de recepción.

-Yo… no…

-Bueno, yo siempre estoy en recepción. ¿Me oye?

-Si…

-Da igual. Por aquí abajo creemos que usted esta loco, balbucee lo que quiera.

-¿Como?- Una cucaracha pasa rozando su dedo gordo. Un chillido.

-¿Quiere usted un trozo de queso? Es broma. Debo avisarle, señor. Los insectos y las humedades que le dije. Al parecer han subido desde la primera planta. La planta que usted no conoce. Debería subir usted a la tercera cuanto antes. No intente bajar, el ascensor se ha roto hace un momento. Las escaleras no son seguras…

-Pero…

-Yo lo he intentado. -Cuelgan

Gabriel no sabe lo que ocurre. Hace un momento todo iba bien. Subir a la tercera planta. De acuerdo. Sale del cuarto descalzo y busca las escaleras. No las encuentra. Hay insectos en el techo. A la vuelta pisa algo viscoso pero prefiere no mirar que es. Corre a la mesa y comienza a escribir cosas del tipo: ¡Que se pare!, ¡Que aparezca un spray insecticida! ó ¡Quiero volver a mi casa! Nada ocurre. Los oídos zumban. La desesperación nubla lo consciente. Las reacciones son animales. Abrir la ventana, un poco de aire. Pero no hay nada fuera. Nadie lo ha escrito. Sólo niebla. Se queda inmóvil mientras siente cosas moverse por debajo de la moqueta.

Un gemido lastimero llega desde el cuarto de baño. No es humano, viene de un cuarto oscuro como si fuese de la sima más profunda del subconsciente. Ruipere duda un poco, tiembla y recoge todas sus hojas escritas. Se siente más seguro con ellas encima. Es la prueba de que no está loco, o de que no está solo, o de que él no es otra ficción. Ya no lo sabe. Cuando Gabriel llega al marco de la puerta del baño ve una silueta. La silueta del pequeño ratón que él mismo ha creado antes sepultado bajo innumerables insectos que lo devoran vivo. Sus ojos miran tristes a Gabriel, sus lamentos ininteligibles y sus gestos imploran clemencia. Un ser concebido para ser inmortal a cualquier forma de violencia sufre lo indecible y sus huesos se astillan. Silencio. Una caterva de invertebrados se abalanzan sobre Gabriel. No hay reacción. Sólo artrópodos y coleópteros invadiendo piel y mucosas, abriendo heridas y explorando orificios. Gritos, fluidos, derrames, laceraciones, desgarros. Esto no está pasando. Es mi libro. Gabriel se arrastra, se rasca, se abofetea, se revuelca en la moqueta. Aferra sus hojas con fuerza, con la mano izquierda. Intenta llegar a la puerta. A la habitación 204, allí hay alguien. Con sus últimos esfuerzos se incorpora, consigue atravesar el cuarto y abrir la puerta. Tiene sangre en los ojos. Llama a la puerta de la 204 y se derrumba de nuevo, en el pasillo. Intenta sin éxito aplastar los insectos de debajo de su ropa. Solo se hace daño al golpearse. La puerta se abre. La joven rubia aparece.

-Yo… creo que me muero.

-¿Que? ¿Que hace ahí sentado en mi puerta?

-Estoy sangrando… estoy… ayúdeme

-No sé… no

-Tome, coja esto, léalo. Aquí esta todo. Estoy yo.

La mujer recoge el puñado de papeles confusa y los ojea mientras Gabriel se siente infestado de seres malvados. No sabe lo que quieren. Pero le han matado. Todo se vuelve oscuro. Se queda sin ideas. Su cara se estampa sobre la moqueta rojiza del pasillo.

-Disculpe- susurra la mujer mirando los papeles- No lo entiendo. No entiendo lo que pone. Aquí sólo hay garabatos. Lo siento.

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